TRUMP EL NUEVO MESÍAS, LA IMAGEN QUE ESCANDALIZA AL MUNDO.
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Trump y la delgada línea entre fe y delirio.

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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-04-14

Redacción.- La imagen no provocó debate… provocó alarma. En plena tensión con el líder de la Iglesia católica, Donald Trump decidió colocarse —literalmente— como el nuevo Jesucristo en una imagen que ha dado la vuelta al mundo y encendido focos rojos mucho más allá de la política.

El choque con Papa León XIV ya era inusual. Pero lo que siguió rompió cualquier protocolo no escrito: el uso de una figura sagrada como extensión de su propia narrativa de poder. No es solo propaganda, es una apropiación simbólica que muchos califican, sin rodeos, como desmesurada.

En Washington, las reacciones no tardaron. Legisladores demócratas hablaron de “un acto irresponsable que trivializa la religión”, mientras algunos republicanos —sin defenderlo abiertamente— optaron por el silencio incómodo. Traducido: nadie quiere cargar con esa foto en campaña.

Gobernadores y figuras estatales han sido más claros en corto que en público. Entre líneas, hay preocupación real sobre el tono, el mensaje… y la estabilidad del personaje que hoy ocupa la Casa Blanca. Porque una cosa es la retórica incendiaria y otra muy distinta es cruzar al terreno de lo mesiánico.

Desde Europa, el gesto fue leído como un exceso propio de liderazgos personalistas. En América Latina, incluso sectores conservadores —habitualmente cercanos al discurso de orden y religión— han marcado distancia. La crítica es simple: la fe no es utilería política.

En el entorno del Vaticano, sin declaraciones altisonantes, la incomodidad es evidente. Cercanos a Papa Francisco consideran el episodio como una falta de respeto que no merece mayor amplificación, pero sí deja un precedente inquietante.

Y ahí está el fondo del asunto. No es una imagen aislada. Es un síntoma. Cuando un líder político se coloca simbólicamente al nivel de una figura religiosa central, deja de buscar apoyo… y empieza a exigir devoción.

Trump no está pidiendo votos. Está jugando con algo más delicado: la construcción de una narrativa donde el poder político coquetea peligrosamente con lo divino.

Y eso, más que escandalizar, debería preocupar.