EL POZOLE, RESULTADO DE LA FUSIÓN DE CULTURAS
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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-09-15

Redacción.- Hay platillos que cuentan historias y el pozole es uno de ellos. En cada plato humeante se sirve un pedacito de México: maíz, chile, carne, tradición y, sobre todo, una buena dosis de mestizaje.

Su origen se remonta a la época prehispánica, cuando el maíz era mucho más que un alimento: era parte fundamental de la vida, la cultura y la cosmovisión de los pueblos originarios. El nombre viene del náhuatl pozolli, relacionado con algo espumoso, en alusión a los granos de maíz que, al cocerse, se abren como pequeñas flores.

Pero con la llegada de los españoles también llegaron nuevos ingredientes y animales, entre ellos el cerdo que se convirtió en el maridaje perfecto.

Y ahí comenzó la transformación del guiso: el maíz indígena se encontró con la carne y especies europea y, con el paso del tiempo, surgieron las distintas versiones que hoy forman parte de la cocina mexicana.

Rojo, blanco o verde; con cerdo, pollo o incluso mariscos, el pozole adquirió personalidad según la región. Guerrero, Jalisco, Michoacán, Colima y otras entidades tienen sus propias formas de prepararlo, pero todas coinciden en algo: cuando llega el pozole a la mesa, difícilmente alguien dice que no.

Porque el pozole no sólo alimenta; también reúne. Es plato de fiesta, de familia, de septiembre, de domingo y de esas reuniones donde siempre aparece alguien que pide “otro poquito de maíz”.

Una receta que sobrevivió al tiempo y que terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la cocina mexicana, precisamente por ser resultado de la fusión de dos culturas que terminaron mezclándose también en la cocina. Separadas con la Independencia, pero fisionadas aún, paradójicamente, en el platillo más tradicional de las fiestas patrias .