CUANDO EL FUTBOL SE DISFRAZA DE GUERRA Y EL BOXEO RESULTA MENOS VIOLENTO

2026-02-25
Que si los golpes, que si la sangre, que si el nocaut. Pero curiosamente, los que se rompen la cara arriba de un ring suelen respetarse más que muchos “aficionados” que asisten a un estadio de futbol con la única intención de dañar a alguien más.

Lo vimos en 2022 en el Estadio Corregidora, durante el partido entre el Querétaro Fútbol Club y el Atlas Fútbol Club. No hubo árbitro que detuviera la golpiza entre aficionados. No hubo campana que marcara el final del round. Lo que hubo fue caos. Y el caos nunca es deporte.

En contraste, el boxeo profesional regulado —respaldado por organismos como el Consejo Mundial de Boxeo— exige revisiones médicas, categorías de peso, guantes certificados, supervisión médica en ringside y protocolos estrictos. Estudios internacionales ubican la tasa de fatalidades en el boxeo profesional en rangos aproximados de 0.1 a 0.3 por cada mil combates. El riesgo existe, claro. Pero está acotado por reglas.

En una riña entre barras no hay categorías. Un joven de 60 kilos puede terminar enfrentando a tres hombres más corpulentos. No hay revisión médica previa ni ambulancia preparada por protocolo deportivo. No hay contrato firmado ni aceptación consciente del riesgo. Hay impulso, anonimato y una falsa épica colectiva.

Y aquí entra un punto clave: recientemente, el boxeo ha comenzado a impulsarse con mayor fuerza desde el ámbito federal, no como espectáculo, sino como herramienta social. Programas deportivos comunitarios, torneos amateurs respaldados por instituciones públicas y apoyos a gimnasios buscan canalizar energía juvenil hacia disciplina, entrenamiento y estructura. No se promueve la violencia; se promueve el autocontrol.

Porque el gimnasio enseña algo que la tribuna violenta parece haber olvidado: respeto. En el boxeo se saluda antes y después del combate. Se acepta la derrota. Se entiende que el rival no es enemigo, sino parte del crecimiento deportivo. En la barra, muchas veces, el contrario es deshumanizado.

El contraste es incómodo pero evidente: el deporte de combate funciona bajo un marco regulado que prioriza la seguridad dentro de sus límites; la violencia en las gradas es descontrol sin reglas.
No se trata de romantizar los golpes. Se trata de entender que el contexto lo cambia todo. Un puñetazo en el ring está supervisado, medido y pactado. Un golpe en una tribuna es emboscada.

Si el Estado hoy apuesta por fomentar el boxeo desde lo federal, no es para fabricar agresores, sino para formar atletas. Para ofrecer disciplina donde antes había vacío. Para convertir fuerza en técnica y rabia en estrategia.

Paradójicamente, el deporte que muchos consideran violento es el que más reglas tiene.
Y el espectáculo que presume pasión es el que menos límites respeta.

Tal vez el problema nunca fue el boxeo.
Tal vez el problema es cuando la violencia no tiene árbitro.