
Revista el Tlacuilo
INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-03-08
Redacción.- Cada 8 de marzo vuelve la misma escena: miles de mujeres salen a la calle con memoria, con coraje, con dolor, con dignidad y con una historia larguísima detrás. No se trata de una moda, ni de una fecha para posar de sensible, ni de una jornada de frases bonitas. El 8M viene de una lucha real, dura, vieja y profundamente humana. Una lucha que no nació para adornar nada, sino para señalar una herida que sigue abierta.
La fuerza del feminismo está, justamente, en eso: en haber logrado que durante décadas y décadas lo que se quería esconder quedara expuesto. El abuso, el acoso, la desigualdad, la humillación cotidiana, la violencia que se disfraza de costumbre, el miedo que muchas aprendieron a cargar como si fuera parte normal de la vida. El feminismo hizo algo enorme: le puso palabras a lo que antes se obligaba a callar.
Y ahí está una de sus mayores virtudes. No sólo denunció. También despertó conciencia. Hizo que muchísimas mujeres entendieran que lo que vivían no era “normal”, ni “así son las cosas”, ni “te tocó aguantar”. Hizo comunidad. Hizo memoria. Hizo fuerza colectiva. Y cuando una lucha logra que el dolor deje de vivirse en soledad, ya consiguió muchísimo.
Pero también hay que decirlo con claridad: una lucha tan profunda no puede permitirse que su energía termine reducida a un instante de catarsis. El enojo es legítimo. La rabia, también. Sería hipócrita pedir serenidad de salón frente a décadas de agresión, desprecio e impunidad. El problema no es que exista rabia. El problema es dónde acaba esa rabia.
Porque cuando el coraje termina en un martillo, en una piedra o en un vidrio roto, puede haber desahogo, sí, pero no necesariamente justicia. Y peor aún: muchas veces ese estallido le conviene más al violentador que a la víctima. Le conviene porque desvía la conversación. De pronto ya no se habla del fondo, ya no se habla de las heridas, ya no se habla de las vidas rotas, ya no se habla de la violencia que originó todo. Se habla del muro pintado, de la puerta quebrada, del monumento raspado. El escándalo cambia de sitio, y el responsable verdadero respira.
Esa es la trampa. Que la furia termine peleando contra el vidrio y no contra la impunidad. Que el golpe simbólico descargue emoción, pero no construya consecuencia. Que la indignación, en lugar de convertirse en expediente, en denuncia sólida, en sentencia, en presión social organizada, en cambio cultural profundo, se consuma en un minuto de estruendo que al día siguiente ya fue usado para desacreditar toda la lucha.
Y no, esto no significa domesticar el feminismo ni pedirle que sonría bonito. Significa tomar en serio su potencia. Tan en serio, que habría que exigirle que no se quede en la explosión, sino que llegue hasta donde más le duele al agresor: la sanción, la exhibición probada, el castigo, la derrota jurídica y moral. Porque un vidrio roto puede reemplazarse. Una sentencia firme no se borra tan fácil.
La lucha feminista ha sido grande porque ha sabido transformar el dolor en conciencia. El siguiente paso siempre tendría que ser transformar la conciencia en justicia. Ahí está el verdadero tamaño del movimiento. No en cuánto ruido hace un golpe, sino en cuánto cambia la vida de las mujeres después de que pasa la marcha.
El 8M vale porque recuerda, denuncia y une. Pero su victoria más honda no debería medirse por lo que se rompe en la calle, sino por lo que logra romper en la estructura de la violencia: el silencio, la tolerancia social, la impunidad y la costumbre miserable de creer que una mujer debe resignarse.
La rabia es necesaria. Pero la rabia, sola, no basta. Tiene que llegar más lejos, no basta con llorar juntas, que en sí tiene un gran valor de apoyo. Tiene que entrar a los tribunales, a la cultura, a la educación, a la casa, al lenguaje, a la conciencia colectiva. Tiene que volverse algo más temible que una piedra: verdad organizada.
Porque si el enojo sólo estalla, libera. Pero si el enojo se organiza, transforma.