LOS INCELS, MÉXICO Y LA ALARMA QUE NO DEBERÍA TOMARSE A LA LIGERA
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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-03-25

Redacción.- El asesinato de dos maestras en una escuela de Michoacán vuelve a visibilizar en el país al llamado movimiento Incel.
No existe una cifra oficial ni seria sobre cuántos integrantes tiene la comunidad incel en México, y sería irresponsable inventarla. Lo que sí existe, y ya con suficiente fuerza como para dejar de fingir que es una rareza de internet, es una presencia de la cultura incel en espacios digitales mexicanos, una red variada de sitios web, blogs y foros en línea; al grado de que universidades como la UNAM y la UAM ya la están abordando como un problema vinculado con misoginia, radicalización juvenil y salud mental.

En otras palabras: no sabemos cuántos son, pero ya sabemos que están, que crecen en ecosistemas digitales y que no se trata sólo de muchachos “resentidos” diciendo tonterías en foros oscuros. La propia UAM ha advertido sobre el papel de las redes sociales en la formación de comunidades que promueven discursos violentos y excluyentes, mientras que la UNAM ha colocado el tema en el terreno de la salud psicosocial de las juventudes y del antifeminismo digital.

Y ahí entra un elemento cultural que no debe pasarse por alto: la serie Adolescence, de Netflix. Según Tudum, el sitio editorial oficial de Netflix, la historia gira alrededor de Jamie Miller y explora cómo un adolescente termina atrapado en la manósfera y sus códigos de odio; el tratamiento de la serie se enfoca justamente en el daño que estas burbujas digitales pueden producir en la mente de los jóvenes.
Lo pisitivo de la serie es que visibilizó el problema; pero también tuvo un costado negativo: puede empujar a cierta simplificación cómoda. Es decir, creer que el problema se reduce a “unos loquitos del internet”, cuando en realidad la cultura incel no brota de la nada. Se alimenta de frustración emocional, soledad, algoritmos que premian el extremismo, gurús de masculinidad tóxica y una vieja misoginia que simplemente encontró mejor empaque digital. Incluso análisis desde la UNAM han usado la serie como punto de partida para advertir que esta radicalización no debe verse sólo como entretenimiento, sino como un riesgo real que puede brincar del discurso a la acción.

En México, además, el tema dejó de ser importado. Reportajes recientes han documentado grupos incels mexicanos y han mostrado que el fenómeno ya no es una copia lejana de foros anglosajones, sino una adaptación local del resentimiento masculino, amplificada por plataformas que convierten la vulnerabilidad en rabia organizada. Un reportaje de EL PAÍS sobre grupos incels en México incluso habló de foros con más de 82 mil miembros, aunque esa cifra corresponde a espacios concretos observados por el reportaje y no a un conteo nacional total de incels en el país.

La conclusión editorial es incómoda, pero necesaria: el problema no es que existan hombres jóvenes dolidos; el problema es cuando ese dolor encuentra una comunidad que lo educa para odiar. Y si México todavía no tiene un número exacto de incels, eso no significa que el fenómeno sea pequeño; significa, más bien, que vamos tarde midiéndolo, entendiéndolo y enfrentándolo.