DUEÑO DEL PARTIDO DEL TRABAJO DESCALIFICA AL DIPUTADO SANDOVAL
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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-01-18
Redacción.- En la política mexicana, a veces una frase basta para encender alarmas. Esta vez fue el diputado federal y coordinador parlamentario del Partido del Trabajo, Reginaldo Sandoval, quien abrió el debate al cuestionar públicamente la necesidad de una reforma electoral, bajo el argumento de que el bloque gobernante ya concentra los tres poderes y que, por ahora, la prioridad debería ser la unidad.
Las palabras no pasaron inadvertidas. En un contexto donde la disciplina interna y la narrativa común son moneda de cambio, las declaraciones fueron leídas como una fisura —pequeña, pero visible— dentro de la construcción de la coalición con la Cuarta Transformación. Bastaron unas horas para que desde la dirigencia nacional del PT se activara el control de daños.
El encargado de apagar el incendio fue el dueño del partido, Alberto Anaya, líder sempiterno del partido, quien salió a marcar distancia con precisión quirúrgica. El mensaje fue claro: lo dicho por Sandoval correspondía a una opinión personal y no representaba, en ningún caso, la postura oficial del Partido del Trabajo. Es decir, a Sandoval le pasó lo de a la mascota de mi tío Federico, que la primera vez que ladró le rompieron el hocico.
Más que una desautorización frontal, el pronunciamiento de Anaya fue un recordatorio del manual político básico del PT: las definiciones de fondo las toma él y después se ratifican en colectivo y, sobre todo, cuando existe una alianza en marcha. Desde la dirigencia se insistió en que el PT no ha fijado posición sobre una eventual reforma electoral porque, sencillamente, no existe aún una iniciativa formal sobre la mesa.
El “jalón de orejas” no fue estridente, pero sí suficiente para mandar el mensaje hacia dentro y hacia fuera: la línea oficial no se improvisa frente a un micrófono.
Así, entre aclaraciones, deslindes y llamados a la unidad, el PT cerró filas públicamente y evitó que una declaración aislada creciera hasta convertirse en un conflicto mayor. En política, como en el boxeo, a veces no se trata de no golpear, sino de saber cuándo bajar la guardia… y cuándo volver a cubrirse.