
El Tlacuilo
OPINIÓN | Revista el Tlacuilo / 2025-12-25
Redacción.- En Veracruz, la pregunta sobre quién ha sido el peor alcalde o alcaldesa no se responde con expedientes judiciales, sino con memoria colectiva. Aquí no manda el archivo muerto, manda el recuerdo vivo del ciudadano que todavía padece las consecuencias. Pero en descarga de los citados tendríamos que apuntar que los que mencionaremos son los de peor fama pública; y que quedan fuera muchos que quizás hayan sido peores, pero sus pifias no son tan famosas como las de estos. Así que lo presentado solamente es un botón de muestra:
El peor alcalde no es necesariamente el que más desvió recursos, sino el que se fue dejando incendios prendidos, conflictos abiertos, resentimiento social y una administración entrante obligada a apagar fuegos ajenos.
En esa lógica, hay nombres que, aunque ya no gobiernan, siguen gobernando negativamente el presente.
Ahí aparece, inevitablemente, Carolina Gudiño Corro, exalcaldesa del puerto de Veracruz. Su gestión se convirtió en parámetro del mal gobierno urbano: deuda, observaciones, desorden administrativo y una herencia tan pesada que todavía hoy se utiliza como advertencia política. No importa cuántos años pasen, su nombre sigue siendo sinónimo de “así no”.
Allá también en el puerto, Fernando Yunes Márquez es recordado con desagrado, cerró con obra visible, sí, pero también con confrontación permanente, percepción de gobierno de élite y una ciudad partida entre quienes se beneficiaron y quienes nunca fueron escuchados. El desgaste fue tal que su salida no significó alivio inmediato, sino transición tensa.
De los que aún gobiernan, pero se van en una semana —y por eso están más frescos en la molestia ciudadana— está el caso de Raymundo Andrade Rivera en Coatepec. No por escándalos espectaculares, sino por algo más corrosivo: la sensación de desarraigo. Decisiones de último minuto, parquímetros como puñalada final y un Cabildo que pareció gobernar de espaldas al pueblo. Se va dejando el terreno minado para el siguiente gobierno.
Luego está Patricia Lobeira Rodríguez, cuya administración nació marcada por litigios, continuidad política y una sensación de interinato prolongado. No fue la peor en números, pero sí en legitimidad emocional: gobernar sin confianza es gobernar mutilado.
La conclusión es incómoda, pero clara:
en Veracruz, el peor alcalde es el que obliga a su sucesor a gobernar con el retrovisor, atendiendo deudas, conflictos, resentimientos y promesas rotas. El que se va sin rendir cuentas sociales, aunque haya cumplido trámites legales.
La historia reciente no necesita veredictos: la gente ya dictó sentencia en la conversación cotidiana, en la calle, en la burla, en el hartazgo. Y eso, en política veracruzana, suele ser la condena más larga.