EL MUNDIAL TAMBIÉN SE JUEGA... EN LO CHUSCO
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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-07-08
Redacción. - Hay quienes creen que un Mundial se resume en goles, tarjetas, penales y conferencias de prensa. Pero no. El verdadero sabor Mundial se juega en las tribunas, en los aeropuertos, en los hoteles, en las filas para comprar una cerveza de 18 dólares y, por supuesto, en las redes sociales, donde un meme puede recorrer el planeta más rápido que un contragolpe de Mbappé.
En México, por ejemplo, miles de aficionados extranjeros descubrieron dos cosas: que el picante sí pica y que un "ahorita" puede significar cualquier momento entre cinco minutos y el próximo cambio de sexenio. Más de uno salió convencido de que el tequila no avisa... simplemente cobra la factura al día siguiente.
Los ingleses también rompieron el molde. Aquellos hooligans que durante décadas cargaron fama de broncudos llegaron mucho más tranquilos. Cambiaron los golpes por las selfies, los vasos voladores por los intercambios de playeras y hasta terminaron cantando con aficionados mexicanos. Claro, después que eliminaron al Tri ya nadie les quería enseñar más canciones. Pero por si se ponían pesadas, ya les teníamos preparados a los maestros del CNTE y al bloque negro para que se echaran un tiro.
Los japoneses volvieron a demostrar que juegan otro torneo. Mientras miles abandonaban los estadios dejando un campo minado de vasos, cajas de pizza y envolturas, ellos sacaban bolsas de basura y limpiaban las gradas como si fueran parte del protocolo oficial de la FIFA. En cualquier momento uno pensó que también iban a trapear y pulir los asientos.
Y luego apareció Cabo Verde. Nadie daba un peso por ellos. Llegaron como el invitado que nadie conoce a la fiesta... y terminaron robándose la conversación. Le jugaron de tú a tú a Argentina, hicieron sufrir al campeón y se marcharon eliminados con más aplausos que varios favoritos que avanzaron bostezando.
Mientras tanto, los vendedores hicieron su propio Mundial. El de las matracas, los sombreros gigantes, las máscaras de luchador, las pelucas tricolores y las camisetas "originales... de las que no preguntes dónde salieron". Si el balón rueda, también rueda el comercio.
Las cámaras tampoco descansaron. Siempre aparece el aficionado disfrazado de cualquier cosa: un faraón egipcio abrazado con un vikingo noruego; un mariachi bailando con una escocesa; un árabe usando sombrero charro. “Un argentino abrazando a un brasileño” ... bueno, tampoco exageremos, abrazar a un argentino todavía sigue siendo ciencia ficción.
Y si de redes sociales hablamos, este Mundial confirmó una ley universal: ningún jugador corre tan rápido como los editores de memes. Antes de que el árbitro marque el final del partido, ya circulan cien imágenes, veinte videos editados y tres teorías conspirativas sobre quién movió los hilos de la FIFA.
Porque el futbol dura noventa minutos... pero el chisme juega tiempos extras y se va hasta los penales.
Al final, dentro de algunos años quizá olvidemos quién anotó determinado gol o quién dio aquella asistencia. Lo que difícilmente se borrará será la imagen del aficionado que perdió el vuelo por seguir la fiesta, el extranjero que aprendió a gritar "¡No era penal!", el vendedor que hizo su agosto en pleno julio o el japonés que volvió a demostrar que la educación también puede ser campeona del mundo. Como el 86 México le heredó la ola al mundo, ahora quizás el “quiere volar” se eternice entre los que les gusta el peligro.
Así es el Mundial: una competencia donde 22 jugadores persiguen un balón... mientras millones de personas persiguen una buena historia para contar.