COMERCIO AMBULANTE, EL NUEVO PAISAJE DE XALAPA
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INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-04-27

Redacción.- Aprovechando que el Ayuntamiento xalapeño todavía no termina de “encancharse”, algunos vivales ya encontraron la rendija perfecta para hacer negocio con lo que no les pertenece: la vía pública.

En distintas zonas de la ciudad, vecinos y comerciantes establecidos han comenzado a denunciar que supuestos líderes están negociando espacios en banquetas, esquinas y arroyos vehiculares, presumiendo —según los testimonios— tener protección o respaldo de la actual administración municipal. Nosotros dudamos que eso sea cierto y, francamente, esperamos con toda el alma que no lo sea. Pero mientras se aclara, la estrategia les está funcionando: en apenas unos meses, varias calles de Xalapa empiezan a cambiar de rostro, no por obra pública, sino por la multiplicación alarmante de puestos ambulantes.

El problema no es menor ni se reduce a una simple discusión entre “comercio formal” y “comercio informal”. Junto con los puestos han llegado la obstrucción de banquetas, el cierre parcial de pasos peatonales, la invasión de vialidades, el robo de energía eléctrica mediante instalaciones hechizas, cables colgados como telarañas, cilindros de gas a unos pasos de viviendas y transeúntes, además de estructuras improvisadas que, en caso de emergencia, pueden convertirse en una trampa, y si sucede sobrarán las excusas para justificar lo que han podido contener.

Xalapa ya carga con suficientes problemas de movilidad como para agregarle banquetas bloqueadas y calles convertidas en pasillos comerciales sin orden. Una ciudad donde el peatón tiene que bajarse al arroyo vehicular porque la banqueta fue tomada por un puesto no es una ciudad viva: es una ciudad abandonada por la autoridad.

De acuerdo con el Reglamento Municipal para el Desarrollo Económico de Xalapa, el comercio en vía pública requiere control, empadronamiento, permisos y condiciones específicas; incluso se establece que el comercio en la vía pública no puede asumirse como posesión del espacio ni como derecho adquirido por quien lo ocupa. Es decir: nadie puede vender banquetas, apartar esquinas ni repartir pedazos de calle como si fueran lotes de fraccionamiento.

Y ahí está el punto delicado: se entiende perfectamente que muchas personas salgan a vender porque necesitan sacar el día, sostener a su familia y enfrentar una economía cada vez más pesada. El vendedor ambulante muchas veces no es el villano de la historia. El problema son los pseudolíderes que lucran con la necesidad ajena, cobran cuotas, venden supuestas credenciales y se sienten dueños de la ciudad mientras la autoridad mira de reojo o llega tarde.

Porque una cosa es permitir el trabajo digno, ordenado y regulado; y otra muy distinta es tolerar que Xalapa se convierta en una jungla donde cualquiera marca la banqueta, conecta un cable, instala un tanque de gas y cobra renta sobre un espacio público que le pertenece a todos.

Ojalá que el Ayuntamiento xalapeño termine pronto de instalarse, no solo en oficinas, sino en responsabilidad. Hace falta sensibilidad, sí, porque detrás de cada puesto hay familias que comen de eso. Pero también hace falta autoridad, porque detrás de cada banqueta tomada hay peatones en riesgo, comercios formales afectados, vecinos hartos y una ciudad que empieza a perder orden.

El comercio ambulante no puede convertirse en el nuevo paisaje de Xalapa. Menos aún si ese paisaje viene acompañado de luz robada, tanques de gas frágiles, banquetas secuestradas y vivales cobrando como si la calle fuera herencia familiar.