¿Quién provoca los destrozos en las marchas feministas? por Angélica Cristiani
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Agencia / 2026-03-09

Agencia | Angélica Cristiani.- El 8 de marzo de 2026 volví a estar ahí.
Siempre me gusta ir con alguien que vive la marcha por primera vez. Hay algo revelador en ver cómo se enciende una conciencia. Pero esta vez fue distinto: llegué con una de mis mejores amigas, con su hijita y con mi sobrina. Tres generaciones caminando juntas. Tres formas de entender el miedo y la esperanza.

Me tocaba cubrir la marcha.
No por obligación.
Por deber.

El punto de encuentro era el Teatro del Estado. Desde lejos ya se sentía la vibración de las voces, ese rumor colectivo que crece como una ola antes de romper. Había mujeres vendiendo pañuelos, pines, camisetas, stickers, carteles. El comercio feminista estaba vivo, latiendo entre consignas y risas. Confieso que quería comprarlo todo, pero preferí detenerme a leer las cartulinas escritas con plumón tembloroso de rabia.

Los carteles no se escriben con tinta.
Se escriben con memoria.

Había muchos rostros conocidos. Mujeres de mi generación con sus hijas. Y sentí una alegría inesperada, casi luminosa: esas niñas ya saben defenderse. Crecen en un mundo que aún es hostil, sí, pero también en uno donde las mujeres aprendimos a nombrar lo que antes se callaba.
Había niñas, niños, madres, abuelas, feministas.

Una multitud que parecía una familia enorme, improvisada, solidaria.

Cuando la marcha comenzó sentí lo de siempre: ese impulso extraño de llorar. No es tristeza exactamente. Es una mezcla de dolor y reconocimiento. Pero cuando miles de mujeres gritan juntas, el llanto se evapora. Se transforma en algo distinto: una fuerza que te atraviesa el pecho y te recuerda que no estás sola.

Hasta adelante iban las madres buscadoras y las víctimas.
Ellas no marchan con consignas: marchan con ausencias.

Cargan fotografías que pesan más que cualquier pancarta. Son mujeres que han aprendido a leer la tierra como quien busca señales en el cielo. Son el corazón más duro y más frágil de este país.

Detrás de ellas caminaban madres con sus hijos e infancias. Luego mujeres neurodivergentes y con alguna discapacidad. Y detrás, como un río que se ensancha, miles de mujeres más: estudiantes, trabajadoras, profesoras, artistas, adolescentes.

En la marcha cabemos todas.
Y nos protegemos todas.

Las consignas, gritadas o escritas, eran imposibles de ignorar. Cada palabra era un golpe en la conciencia: rabia, esperanza, dolor, indignación. En cada mirada había una historia que no siempre cabe en una estadística.
Pero las cifras existen.
Y duelen.

En Veracruz, la violencia no es una percepción exagerada ni una consigna ideológica. Es un dato duro. En 2025 se registraron entre 814 y 953 homicidios dolosos, un incremento de más del 16% respecto al año anterior. Y el 2026 empezó peor: 124 homicidios en apenas mes y medio, con aumentos superiores al 50% en enero frente al mismo periodo del año pasado.

La violencia contra las mujeres tampoco ha cedido.

El Observatorio Universitario de Violencias contra las Mujeres de la Universidad Veracruzana documentó 73 feminicidios en 2025. Otros registros hablan de 83 muertes violentas de mujeres y 753 desapariciones femeninas en ese mismo año.
Además, Veracruz ocupa el segundo lugar nacional en delitos de violencia de género, con más de 2,067 casos registrados.
Las cifras no marchan.
Pero explican la marcha.

Aun así, cada 8 de marzo ocurre algo curioso en el debate público. Cuando termina la jornada y las calles quedan cubiertas de consignas moradas, el foco se desplaza.
Ya no se habla de las mujeres desaparecidas.
Ni de los feminicidios.
Ni de las madres que buscan fosas clandestinas.
Se habla de las paredes pintadas.
“Los destrozos de la marcha feminista”.

La frase aparece una y otra vez en titulares, mesas de análisis y conversaciones incómodas.
Entonces surge la pregunta que nadie quiere formular con honestidad:
¿Quién provoca realmente la destrucción?

Porque si hablamos de devastación social, las paredes no son el problema.
La destrucción es una niña desaparecida.
La destrucción es una carpeta de investigación olvidada.
La destrucción es una mujer asesinada por alguien que ya la había amenazado antes.
Las pintas, en cambio, son otra cosa.
Son un idioma.

Un idioma hecho de rabia, memoria y urgencia. Un lenguaje que aparece cuando las instituciones dejan de escuchar. Cuando la justicia se vuelve lenta, lejana o selectiva.

Las paredes hablan porque durante demasiado tiempo las mujeres fuimos obligadas a guardar silencio.
La violencia contra nosotras no es una sola. La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia reconoce múltiples formas: psicológica, física, sexual, económica, patrimonial, simbólica, política. Violencias que ocurren en la casa, en el trabajo, en la calle, en los medios de comunicación.
Violencias que no siempre dejan sangre visible.
La más peligrosa es la que se normaliza.

La que empieza con una broma humillante, continúa con un control disfrazado de amor, y termina muchas veces termina en un feminicidio.

La violencia contra las mujeres es una de las violaciones a los derechos humanos más extendidas en el mundo, una realidad que compromete su salud, dignidad y autonomía en todas las sociedades.
Por eso marchamos.

Aunque hoy tengamos una presidenta mujer, una gobernadora mujer, alcaldesas, diputadas, magistradas y hasta granaderas mujeres.
La representación importa, sí.
Pero la justicia todavía llega tarde.
Y mientras esa deuda exista, cada 8 de marzo volveremos a las calles.
Con niñas que ya saben gritar.
Con madres que ya no están dispuestas a callar.

Con mujeres que entendieron que la dignidad también se defiende caminando juntas.
Tal vez por eso las paredes terminan cubiertas de palabras.

Porque cuando la justicia se retrasa demasiado, la ciudad entera se convierte en un cuaderno.
Y las mujeres, por fin, escriben en él su propia historia.