MIÉRCOLES DE CENIZA: CUANDO EL POLVO NOS PONE EN SU LUGAR
INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo: / Revista el Tlacuilo
Revista el Tlacuilo
INFORMACIÓN | Revista el Tlacuilo / 2026-02-18
Redacción. - Cada año, el Miércoles de Ceniza aparece puntual en el calendario y, como si fuera una cita silenciosa, llena templos, filas y frentes marcadas con una cruz gris. No importa si se va poco a misa, si se duda, si se cree a medias o si solo se entra “por si acaso”: algo en ese gesto sigue llamando.
La ceniza no es un invento moderno ni una ocurrencia religiosa sin raíz. Desde tiempos bíblicos, el polvo ha sido el lenguaje más directo para hablar de la fragilidad humana. Polvo para el duelo, polvo para el arrepentimiento, polvo para reconocer que no somos dioses, aunque a veces nos comportemos como si lo fuéramos. Antes del cristianismo, ya era una forma de decir “me equivoqué” sin palabras.
Con el paso de los siglos, la práctica se ordenó, se ritualizó y terminó marcando el inicio de la Cuaresma: cuarenta días de freno, de ajuste, de volver a pensar. La ceniza que se impone hoy proviene, simbólicamente, de las palmas benditas del año anterior. Lo que fue fiesta y triunfo vuelve hecho polvo. Una lección sencilla, pero contundente.
El mensaje que acompaña ese gesto no amenaza, recuerda. “Polvo eres” no es una condena, es una verdad básica que en la vida diaria se nos olvida entre prisas, pantallas, pendientes y egos. El Miércoles de Ceniza no habla de muerte por morbo, habla de límite. Y reconocer el límite es, paradójicamente, una forma de empezar de nuevo.
Por eso este día convoca incluso a quienes no pisan una iglesia el resto del año. Porque más allá del rito de la Iglesia Católica, hay algo profundamente popular y humano en aceptar que no todo está bajo control, que fallamos, que necesitamos pausa. La cruz de ceniza no presume fe; muestra vulnerabilidad.
En un país donde la vida cotidiana suele ser dura, donde se resiste más de lo que se descansa, este miércoles funciona como un alto colectivo. Un recordatorio de que nadie está exento, de que todos venimos del mismo polvo y hacia el mismo lugar vamos. Y justo por eso, quizá, todavía vale la pena preguntarnos qué hacemos con el tiempo que hay en medio.
No es solo religión. Es memoria. Es humildad. Es conciencia. Y en tiempos donde sobra ruido, no está mal que el calendario nos obligue, al menos un día, a guardar silencio y mirarnos sin trampas al espejo.